Por Oscar Luperón, M.A. - Abogado en ejercicio.
ELOGIO AL MAGISTRADO DANIEL EMILIO MEDINA PIMENTEL, JUEZ DE LA INSTRUCCIÓN DE BARAHONA
Hay dos formas en que el poder reconoce el mérito: exaltándolo o reteniéndolo. A unos los asciende para exhibirlos. A otros los retiene porque no puede darse el lujo de perderlos. El magistrado Daniel Emilio Medina Pimentel, Juez de la Instrucción de Barahona, pertenece a esta segunda categoría, la más sacrificada y la más aristocrática del espíritu: la del imprescindible.
Sófocles decía que hay hombres que cargan con la ciudad a sus espaldas. Daniel Medina carga con la jurisdicción penal del Suroeste.
En la arquitectura del proceso penal dominicano, la Instrucción es el umbral. Es, como bien advirtió Carnelutti, el lugar donde el derecho se vuelve drama humano. Es el tribunal que no duerme, el que habita en la frontera entre la libertad y el encierro. Donde a las cuatro de la tarde, cuando los demás despachos ya han bajado el telón, aún se discute una medida de coerción. Allí, el Ministerio Público invoca el peligro, la defensa invoca la presunción de inocencia, y en medio, como un equilibrista sobre el abismo, un hombre debe decidir en horas lo que marcará el destino de un ser humano por años.
Ese hombre, en Barahona, tiene nombre y apellido: *Daniel Emilio Medina Pimentel.*
I.- EL PARADIGMA DE LA INSTRUCCIÓN: UNO MEJORES JUEZ QUE HA DADO EL SUROESTE
Afirmarlo no es un ejercicio de retórica laudatoria, es una constatación empírica y sociológica. Interroguen el Palacio de Justicia de Barahona. Interroguen al foro, a los litigantes, a los fiscales, a las madres que esperan en los pasillos con un expediente bajo el brazo. Y lo afirmo con la autoridad moral que da el no deberle nada: jamás le he solicitado un favor, jamás le he pedido una gracia. Mi elogio es, por tanto, un acto de justicia objetiva.
¿Quién es el juez que desborda el rol y convierte la productividad en ética?
¿Quién es el juez que, en términos weberianos, ha hecho del deber una vocación y no suspende audiencia por formalismos vacuos?
¿Quién es el juez que comprende, con profunda intuición iusfilosófica, que la libertad, como decía Montesquieu, no puede esperar al calendario, y por eso conoce la medida a las tres de la tarde si hay un detenido cuyo tiempo se ha detenido?
Mientras en otras jurisdicciones los juzgados de instrucción naufragan bajo el peso de trescientos expedientes en mora, el despacho de Daniel Medina respira al día. Eso, en la era de la burocracia que tanto denunció Max Weber, no es magia. Es ascesis. Es la ética protestante aplicada al trabajo judicial: llegar primero, irse de último, estudiar el caso y no limitarse a rubricarlo. Es, en definitiva, dedicación en su sentido más kierkegaardiano.
Conoce el Código Procesal Penal no como quien recita la norma, sino como quien comprende su telos. Distingue con precisión quirúrgica cuándo la prisión es necesidad cautelar y cuándo es exceso punitivo. Cuándo corresponde la garantía económica, la presentación periódica, la libertad pura y simple. Cuándo existe mérito para un auto de apertura a juicio y cuándo se impone el auto de no ha lugar como acto de decantación racional.
No es un juez de goma, ni para la acusación ni para la defensa. Es, en la más pura tradición de Beccaria, un juez de la ley. Y en tiempos de populismo penal y de justicia mediática, ser juez de la ley es un acto de coraje intelectual, casi revolucionario.
II.- LA PARADOJA DEL ASCENSO NEGADO: EL SÍNDROME DEL IMPRESCINDIBLE
Por méritos, por antigüedad, por densidad académica y por carrera, Daniel Medina debió ser promovido a Juez de la Ejecución de la Pena. Todo el foro jurídico del Departamento Judicial de Barahona lo daba por sentado. Era el corolario lógico de una trayectoria impecable.
Y, sin embargo, no ascendió.
¿Por qué?
Aquí emerge la ironía kafkiana que solo quienes litigamos en su tribunal comprendemos en su plenitud.
No ascendió, precisamente, por ser el mejor. Por ser el más dedicado, el más cumplidor, el más fiel al imperativo categórico kantiano del deber.
El Consejo del Poder Judicial intuye, con pragmatismo institucional, lo que Barahona susurra en voz baja: si se extrae a Daniel Medina de la Instrucción, la Instrucción colapsa. Se precipita en la mora judicial.
Es, sin lugar a dudas, uno de los actores del sistema que más trabaja y yo, desde la perplejidad, me pregunto, cómo logra esa alquimia de eficiencia y serenidad? Como Atlas, maldecido por los dioses, sostiene sobre sus hombros el volumen de trabajo de Barahona, de Enriquillo, de Paraiso, de Cabral, de Vicente Noble, de toda la costa, en fin de los diferentes lugares, lo cual se ventila y desemboca en su jurisdicción. No hay otro que conozca treinta expedientes en un día y abandone el estrado con la misma ecuanimidad estoica con la que ingresó.
Ascenderlo era hacerle justicia a él. Pero era, al mismo tiempo, cometer una injusticia con Barahona. Era privilegiar al individuo sobre la comunidad que espera y depende del trabajo de él.
Y el sistema, con esa sabiduría perversa que a veces exhiben las instituciones para autopreservarse, sentenció en silencio: “Dejémoslo donde más nos duele perderlo”
Es la tragedia del hombre necesario. Como nos enseñó Albert Camus, los mediocres ascienden con celeridad porque son fácilmente sustituibles. Los imprescindibles permanecen, condenados a la grandeza de su propio puesto, porque nadie quiere asumir el vacío que dejarían.
III.- EL JUEZ NECESARIO: EL GUARDIÁN DEL JUSTICIABLE
La Ejecución de la Pena perdió, sin duda, a un gran magistrado. Daniel Medina hubiese sido un ejecutor garantista, humano, resocializador en el sentido más puro de Roxin. Aunque es justo reconocer que la magistrada designada reúne, de igual modo, todas las condiciones, la capacidad y la sensibilidad para ocupar dignamente dicha posición.
Pero la Instrucción conservó a su gladiador, un luchador incansable.
Barahona necesita a Daniel Emilio Medina Pimentel en la Instrucción. El justiciable descalzo, el que no puede pagar un bufete de relumbrón, necesita un juez que no lo juzgue por la frialdad de un acta policial, sino por la calidez de la prueba debatida. Que le escuche con la escucha activa que tanto reclamaba el humanismo jurídico. Y que, al final, le haga justicia.
Hoy, cuando muchos aspiran a la comodidad burocrática de tribunales silenciosos, con aire acondicionado y escasa litigiosidad, Daniel Medina eligió quedarse en la candela, en el crisol donde el derecho penal se hace carne.
Eso no es una falta de ascenso. Eso es un título de nobleza más alto que cualquier ascenso formal: "ser el Juez del Pueblo"
Mis respetos, magistrado Daniel Emilio Medina Pimentel. Barahona lo sabe. El Suroeste lo sabe. La historia del derecho lo está anotando.
Que la carrera judicial lo ascienda cuando lo estime pertinente. La historia, esa que no se escribe en escalafones, ya lo ascendió hace tiempo.
Y por último, pero no por ello menos importante, no queremos que el juez Daniel Medina sea el mártir ni el sacrificado del sistema, ese chivo expiatorio que el sistema inmola para seguir funcionando. Queremos que el Consejo del Poder Judicial, en el momento oportuno y con la equidad que le caracteriza, lo recompense conforme a su arduo trabajo, a su carrera intachable y a una dedicación que roza lo monarquico.
Oscar Luperón, M.A
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